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Los libros de citas son una calamidad para la humanidad. No, no me refiero a la agenda de una madame. Hablo de esos libros que te arrojan un parrafito solemne o ingenioso de un autor... aunque no tengas ni pejolera idea de qué va el sarao. Estos inventos sirven para que el ágrafo pase por cultivado. Así, el Bullshit Development Deputy Manager de cualquier multinacional puede marcarse una presentación de powerpoint metiendo alguna frase grandilocuente. Lo normal es que, en su caso, las frases sean de algún gurú del marketing del palo de Druker o Porter. Tampoco descartemos que citen a Dickens o Lewis Carroll, muy en boga en los ladrillos de dirección de empresas. El cultureta talludito no podrá refrenarse y, en su manifiesto contra lo que sea y contra Bush, citará a Brecht y a Blas de Otero. Por el contrario, si el gafapasta es jovencillo, traerá por los pelos a Dick o a vaya usted a saber quién. En este último caso, además, la cita no pegará ni con cola. Los periodistas se dividen entre los que te cascan alguna ocurrencia de Wilde y los que te la cascan de Shakespeare. Los primeros son más blanditos, con poca formación, y suelen dedicarse al corazón, o a veces son becarias agosteñas. Los segundos pertenecen a la casta de los columnistas. Algo huele a podrido en el reino de Dinamarca, Ser o no ser, No te matará hombre nacido de mujer, Si nos pinchan ¿no sangramos?, y por ahí todo seguido. Si es columnista de diario, será fatuo e insertará la cita en el consejo que dé a algún ministro. Si es columnista de suplemento dominical, hará algún chascarrillo. En plan coleguilla: mira como domino al Chéspir ese pero yo soy divertido.
El elenco sería interminable: el profesor opusino y sus citas bíblicas (aunque reconozcamos que, en este caso, sabe de lo que habla), el conferenciante irónico y sus citas de Clarasó o Wilder, la lideresa nacional y sus citas de Hayek, etc. Hay determinadas citas catastróficas que son comunes a toda la humanidad, y no por eso son correctas. Por ejemplo, “con la Iglesia hemos topado”. Vamos a ver. El Quijote dice “con la Iglesia hemos dado”. Es lo mismo, sí. Pero quien quiera dárselas de haber leído el Quijote, está haciendo el ridículo delante de su auditorio. También siento mucha vergüenza ajena cuando alguien, sin venir a cuento porque es una frase difícil de calzar, te suelta: Como decía don Juan Tenorio “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”. Un cojón de pato, chaval. Esa frase no la encuentras en el Tenorio. Siempre me callo piadosamente, pero entonces aparece un cabestro y remata: “no, no lo decía don Juan, sino don Luis Megía”. Y el tío se queda tan ancho. La frase, en verdad, se dice en “El Cid” de Corneille. Pero eso ya es para nota. Hay meteduras de pata ignominiosas. En el discurso inaugural de un Año Judicial, el entonces Fiscal General del Estado, que es un señor que debería saber un poquito de Derecho Penal, dijo: “como ya dijeran los jurisconsultos romanos nullum crimen, nulla poena, sine lege”. Esa bellísima frase “nullum crimen, nulla poena, sine lege”, no existirá delito ni se impondrá pena si no hay una ley anterior al acto cometido que lo establezca, fue acuñada por Anselmo Feuerbach –el padre del filósofo- en el s. XIX. A los romanos, el principio de legalidad penal se la traía un poco floja, como ve cualquiera que lea las Catilinarias. No hace falta ser jurista. Ni Fiscal General del Estado. Otras frases son mal traídas no por negligencia, sino por malicia. A principios de verano fui al Teatro Real para ver Madame Butterfly. En un momento dado, Pinkerton (el americano protagonista de la ópera) enseña su casa a Sharpless (Cónsul en Japón). Éste pregunta si la ha comprado y aquél responde que sólo durante 999 años, pudiendo rescindir cada mes. Elogia la flexibilidad del contrarto y Pinkerton dice “Dovunque al mondo/ lo Yankee vagabondo/ si gode e traffica/ sprezzando i rischi./ Affonda l'ancora alla ventura.” Es decir: “En cualquier lugar del mundo,/ el yanqui vagabundo/ disfruta y especula/ despreciando riesgos./ Echa el ancla al azar”. El fragmento sigue un rato más, haciendo el retrato de los yankis como hombres aventureros que se beben la vida. Tiene su parte buena y su parte mala, y Mr. Pinkerton se revela bastante caradura. Bueno, pues terminada la obra, el director del montaje volvió a proyectar precisamente ese fragmento del libreto. Así, con dos cojones y con mi dinero. Que quede claro que es pijoprogre de pedigrí y que, si se presenta la oportunidad para criticar a los americanos, aunque no venga a cuento, se hace. La cita no está traída por los pelos. Simplemente la puso porque le apeteció. Sin embargo, creo que entre todas las citas perpetradas, la más irónica fue la del diario Expansión. Hace años propusieron un juego que necesitaba de la colaboración de los lectores y cuyo relato no viene al punto. Para animar a participar, el redactor citaba a Nietzsche. Aquí mi primo, que juega al mus. Supongo que cuando pide café cita al Almirante Colón; y si alguien estornuda, a san Agustín. Las palabras me pueden bailar (porque yo no tengo libros de citas), pero venía a decir “Dentro de cada hombre hay un niño que quiere jugar”. Este tarugo, al que Dios ampare, se puso en evidencia a sí mismo. No ha leído a Nietzsche ni a su anciana madre; lo ha sacado de uno de esos libros nefandos, si no es que viniera la cita en el almanaque que tuviera en la oficina. Esa frase de N. (me canso de escribirlo) no es una incitación al juego, sino la condensación de su ética, la más revolucionaria y devastadora de la filosofía en los últimos siglos. Para N. el hombre está llamado a una transformación espiritual desde su estado actual hasta ser el superhombre. Actualmente es un asno, que carga con los valores sociales. De ahí pasará a león, que se revuelve contra ellos. Y de ahí a niño, que se acerca a la realidad sin prejuicios morales, viviéndola naturalmente. Es un paso más allá del león porque no niega los valores, sino que no es consciente de ellos, no están en su mundo. Esta manera irracionalista de interactuar con la realidad es a la que N. llama el juego del niño. Pero, claro, esto no viene en los libros de citas.
Al final, tendrá razón Olivares cuando decía que “los grandes hombres no fundan sus discursos en las palabras de autores pasados, sino en argumentos y razones”. |